Al alba, José Flores punteó la guitarra y, descalzo como estaba, saltó a la calle alfombrada de cristales rotos. Sorteó un par de borrachos y, dejando un reguero de sangre tras las huellas de sus pies, alcanzó la otra acera. Se mantuvo en pie por un segundo y, vencido por las copas, se desplomó.
Lo encontraron por la tarde, sobre un mar de vómito, los empleados de la limpieza municipal, que lo despertaron con un par de ostias.
miércoles, 18 de abril de 2007
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